En las crisis, primero se apaga el fuego y luego se reconstruye la casa - deGerencia.com
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En las crisis, primero se apaga el fuego y luego se reconstruye la casa

Un sistema complejo empieza a oscilar entre diferentes alternativas cuando su equilibrio dinámico ya no es sostenible. Así es la vida, así es la evolución; el sistema empieza a probar diferentes alternativas, se bifurca, se desestabiliza y tarda un tiempo en encontrar un nuevo orden complejo. En ese proceso estamos desde 2008.

Las estructuras financieras, religiosas, sociales y económicas mundiales se han desestabilizado. Estamos ante un gran cambio, producto de la era de la información, y un mundo más conectado, competido e interdependiente. La dimensión del cambio es similar al de la Revolución Industrial y el surgimiento de la democracia como forma de gobierno.

Unos ganan, otros pierden. Se crea turbulencia y caos. El estado moderno se pone a prueba. El individuo se cuestiona su rol en la sociedad y su relación ante el poder político.

En estas bifurcaciones hemos visto el renacimiento del populismo como forma de gobierno. La yesca es el descontento popular y el descrédito de los partidos políticos tradicionales. La chispa es un líder carismático y narcisista que abandera el descontento con la promesa de certidumbre, pero con un precio muy alto para la sociedad: la pérdida de libertades y de democracia. Es un retroceso descomunal.

Hay países más fuertes que otros. En los fuertes, el sistema limita las ocurrencias y excesos de estos líderes. En los débiles, el sistema sucumbe ante el líder, quien se convierte en el dueño del país.

Desde 2008, en México la violencia se ha exacerbado, detonada por una absurda guerra contra un mercado de drogas, siguiendo políticas perversas que no funcionan. México pudo haber resuelto esto con inteligencia, con la regulación de las drogas, pero aún insiste en hacer una guerra y la guerra nunca trae la paz, así como la estupidez nunca ilumina.

Aunado a la inseguridad, a los mexicanos se les agotó la paciencia con la corrupción de sus gobiernos, con la economía de compadres, con la falta de equidad ante la ley y los privilegios de los políticos y sus socios. Todo ello debilitó a los partidos políticos.

Andrés Manuel López Obrador se posicionó como un político no tradicional y MORENA como un partido, no-partido. El líder populista tendió su red y la mayoría de los electores cayeron en ella. La turbulencia no ha terminado, por el contrario, se está exacerbando por las absurdas decisiones del presidente; su miopía, su terquedad, su afán de protagonismo, pero sobretodo, su gran incapacidad. El COVID-19 es un catalizador que muestra las incongruencias de haberle dado tanto poder a un político, porque si siendo capaz en tiempos ordinarios la concentración de poder no es buena, siendo incapaz, en tiempos extraordinarios, la situación es catastrófica.

AMLO y MORENA seguirán perdiendo adeptos, pero y ¿qué sigue? La mayoría de los electores no regresa sus preferencias a los partidos tradicionales y se manifiesta sin preferencia electoral.

Ante crisis tan profundas como las que vivimos, siempre emergen liderazgos sociales espontáneos y eso es bueno. Ya lo vimos con las mujeres en marzo, lo empezamos a ver con algunos gobernadores y algunas cámaras, pero aún nos falta mucho. La verdad es que todos, en la medida de nuestras capacidades, podemos y debemos ser líderes.

Habrá quienes quieran un liderazgo claro de oposición en una sola persona, pero lo sano es ver el liderazgo de muchos, unidos en la idea de que no se trata de derrocar a un líder populista para imponer otro de ideología contraria -caso Jair Bolsonaro en Brasil- sino de construir un México diferente, basado en la razón…



  • Ver original en Alto Nivel
  • Publicado el viernes mayo 8, 2020


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