Procesos de transformación globales y regionales: bases para la interpretación de los cambios locales en Uruguay - deGerencia.com

Procesos de transformación globales y regionales: bases para la interpretación de los cambios locales en Uruguay

1 Planteo general del trabajo de investigación

El presente trabajo encarado fundamentalmente a partir de una exploración bibliográfica general se enmarca en el desarrollo de la tesis de Doctorado de Carlos Petrella con la tutoría de Luis Joyanes, en la que se consideran especialmente las cuestiones del cambio o transformación de las organizaciones Estatales uruguayas y particularmente, de las empresas comerciales del Estado (especificamente ANCAP y DUCSA, que operan en el sector energético: petróleo y sus derivados). Como parte de este trabajo de investigación, se analiza la problemática de los procesos de transformación mundiales y regionales, procurando comprender mejor las propuestas de cambio en curso a escala específica del Uruguay a nivel gobernamental y privado y su relación con lo que esta pasando en otras latitudes.

Los cambios sociales no se producen de manera descontextualizada en la sociedad nacional, pero también inciden aspectos regionales y globales. Esos cambios se generan a partir de un conjunto de condiciones especiales de partida y acontecimientos desencadenantes que transforman a las instituciones, las organizaciones, los grupos y las personas en general y gran parte de las relaciones entre ellos. Algunos factores son determinantes para que se produzcan cambios políticos, económicos y sociales, que a veces alteran los paradigmas vigentes. Entre ellos y especialmente en siglos recientes, la globalización como proceso y el impacto del desarrollo tecnológico, ocupan un lugar fundamental, y si incidencia no puede frenarse con medidas proteccionistas locales, como se intentó vanamente en el pasado.

Como parte del marco de referencia de los cambios – y con la idea de comprender mejor la realidad uruguaya que va a ser explorada en detalle, considerando especialmente el sector energético durante el proyecto de investigación de Doctorado – se han analizado cuestiones como la globalización y la tecnificación a escala mundial y también regional. Este documento analiza específicamente algunos procesos transformadores tanto a escala mundial o de los bloques regionales, como en el nivel nacional y específicamente considera la necesidad de plantear cambios en las organizaciones estatales y también en las empresas, operando con adecuada sinergia entre los diferentes actores de los diversos procesos de cambio para fortalecer redes de cooperación, tan necesarias para generar masa crítica para desarrollar innovaciones sustentables.

El Uruguay está actualmente en un proceso de replanteo de las organizaciones gubernamentales conocido como “Reforma del Estado” cuyos alcances todavía se están definiendo. Este trabajo de exploración inicial constituye un aporte que busca establecer relaciones entre algunos procesos de cambio en curso y en especial, el impacto de lo que está ocurriendo a escala mundial y regional impactando sobre la idea de “Uruguay Productivo” y también sobre la idea de “Uruguay Innovador” que están introduciéndose gradualmente en escena política, económica y social, de manera todavía imprecisa. Por ello las ideas generales de los procesos trasformadores de mayor escala, tienen una importancia muy grande para orientar la refleción y el accionar de los uruguayos, y especificamente todo lo referido trabajo de investigación de Doctorado.

2 Los procesos de transformación a diversas escalas

Oscar Maggiolo (1968, pág. 4) identifica las raíces culturales del desarrollo económico a escala global en los últimos tres siglos. “Es indudable que la posibilidad de progreso social y económico de las sociedades modernas, ávidas de bienes de consumo, está íntimamente asociada con el énfasis que dicha sociedad ponga en los aspectos culturales que se relacionan con el desarrollo científico y técnico. Los hechos ocurridos en los años que van desde mediados del siglo XVII hasta fines del XVIII, muestran que el progreso inmenso que realizan en el campo industrial algunas naciones europeas, se obtiene como consecuencia de la formación de un equipo de hombres de ciencia, ingenieros y agrónomos, que posibilitaron un desarrollo vertiginoso de la economía que a la larga repercute en un mayor bienestar de las mismas naciones, por la invención de técnicas adecuadas primero al mercado interno y luego a las necesidades del mercado internacional.” Y este sería solamente el comienzo.

Si analizamos los cambios ocurridos en el siglo XIX y XX veremos como un conjunto encadenado de innovaciones alteraron las reglas de juego del agro, la industria, el comercio y la cultura en general. La comprensión del funcionamiento del ADN y la manipulación genética de plantas y animales para crear nuevos productos más aptos para el consumo, la utilización generalizada de la máquina en muy diversas formas sustituyendo el trabajo de animales y hombres, la aparición de nuevas formas de generación de energía como la electricidad obtenida por generación térmica a partir del carbón o el petróleo, las represas hidroeléctricas o las centrales nucleares, las comunicaciones integrando la voz y las imágenes de manera dinámica entre emisor y receptor a través de la www, la extensión de los sistemas de educación básicos (primaria y secundaria) y la creación de formas de especialización técnica o profesional continuas y estandarizadas, la posibilidad de realizar negocios a escala global utilizando redes para acercar al productor y el consumidor, la posibilidad de comunicar de manera masiva conflictos bélicos o resultados deportivos o generar nuevas formas de entretenimiento del hombre con el hombre o del hombre con las máquinas.

Se trata de revoluciones que operan de manera silenciosa sobre los medios de producción, la educación o el esparcimiento. Se generan cambios de paradigma que no siempre son percibidos con suficiente antelación. Las revoluciones que tienen mayor impacto en la humanidad ocurren – sobre todo en las primeras fases de su desarrollo – sin que las personas contemporáneas se den cuenta de la forma que pueden afectar la vida. Hoy tenemos en claro por ejemplo: los procesos de cambio que generaron cuestiones como la domesticación de animales o la agricultura, alterando el funcionamiento de sociedades completas. Lo mismo puede decirse de la revolución industrial, tanto con el desarrollo de la máquina a vapor como con la utilización de la electricidad que ya hemos integrado a la vida cotidiana. Y más recientemente está pasando algo similar con las posibilidades del manejo global de la información y con el fuerte desarrollo de la bio-tecnología en la producción de alimentos. No todos somos igualmente conscientes actualmente del impacto de Internet en nuestra vida diaria y de lo que puede pasar con la manipulación genética de los alimentos.

Sucedió hace aproximadamente trescientos años con el comienzo de la era industrial y está sucediendo actualmente con el comienzo de la era del conocimiento.

Precisamente el pasaje de una sociedad industrial a una sociedad de la información ha llevando a Alvin y Heidi Toffler a introducir el concepto de “crisis general de la sociedad industrial” (Toffler, 1999, pág. 9) que ve aproximarse una nueva ola de cambios a todo nivel. Desde entonces – hablando específicamente de los Estados Unidos, según los Toffler: “Nuestras industrias de chimeneas han estado despidiendo masas de trabajadores manuales. Exactamente como se predijo por vez primera en dicho libro (referido específicamente a “El Shock del Futuro”) nuestra estructura familiar se ha fracturado, nuestros medios de comunicación de masas se han desmasificado y se han diversificado nuestros estilos y valores de vida.” Y este proceso de grandes transformaciones se ha vivido, en mayor o menor medida, en todas las naciones industrializadas de Europa y también en Japón. Y sus efectos se están haciendo sentir a escala planetaria, cada vez con mayor intensidad.

Para construir una sociedad mejor es necesario comprender qué está comenzando a pasar en las sociedades de la tercera ola. Incluso para aquellas sociedades que todavía están bajo el influjo preponderante de la primera y tratando de capitalizar oportunidades de desarrollo en torno a la segunda. “La lucha por la democratización de las sociedades no se puede encarar si se prescinde de datos básicos. Quizás el más importante es que hemos ingresado en la sociedad del conocimiento y la información. Por ello la elaboración teórica, la investigación de campo y el pensamiento político deberían realizar ingentes esfuerzos para entender la naturaleza de la misma (cabe destacar, entre otros, los aportes de Manuel Castells). Es preciso analizar fundamentalmente el complejo estratégico formado por la investigación, la educación, la información y la innovación.” (Rubio, 2006, pág. 85) Precisamente en torno a todo ello, gira la problemática que se considera en esta investigación.

Según Manuel Castells (2004, pág. 27): “Hacia el final del segundo milenio de la era cristiana, varios acontecimientos de trascendencia histórica han transformado el paisaje social de la vida humana. La consolidación del modelo capitalista que genera el sustento de la capacidad cada vez más grande de producir riqueza a escala planetaria. Todo ello acelerado por la revolución tecnológica, centrada en torno a las tecnologías de la información, que está modificando la base material de sustentación de la sociedad a un ritmo acelerado. Las economías de todo el mundo se han hecho interdependientes a escala global, introduciendo una nueva forma de relación entre economía, Estado y sociedad en un sistema de geometría variable.” Se han generado procesos crecientes de globalización al influjo de “la impresionante revolución científico-técnica del último cuarto del siglo XX” y de cambios en el equilibrio político derivados de la “implosión del denominado socialismo real, de la Europa del Este”. Todo esto hace pensar a Enrique Rubio (2006, pág. 11) que “en la actual etapa la globalización irrumpió para quedarse y expandirse en el mundo contemporáneo” y sólo quedan dudas sobre el rumbo general y dinámica local de los acontecimientos.

Don Hellriegel, John Slocum Jr. y Richard Woodman (1999, pág. 576 y siguientes) citando una encuesta global de la Harvard Business Review, consideran que la capacidad de producir bienes o servicios y los mercados cada vez más globalizados están introduciendo fuertes cambios en la forma de comportamiento de las organizaciones y las personas. También se plantea la importancia de los “reacomodos políticos” que generan nuevos bloques de poder. No menos relevante es “la transformación tecnológica (tanto en productos como en la producción)”. Se señala además el impacto de las “comunicaciones instantáneas” que es fundamentalmente el resultado de las transformaciones tecnológicas en el sector comunicaciones. Enmarcados en estos procesos generales también se reconoce que se producen “nuevas alianzas empresariales (que) cambian las formas en las que las organizaciones están diseñadas y llevan a cabo negocios”.

3 Las interrogantes sobre la globalización y la tecnificación

Se plantean todavía muchas interrogantes sobre ese proceso incontenible de globalización y tecnificación, en términos de cómo el estatus dominante que eventualmente pueda generarse en cada etapa del proceso de grandes transformaciones, pueda impactar sobre aspectos políticos e ideológicos de la sociedad, a escala de los estados modernos. ¿Podría ser que la “globalización liberal” impusiera sus condiciones o por el contrario la “mundialización democrática” constituyese una alternativa? Lo que no cabe duda es que ambas alternativas de totalizar a escala planetaria se diferencian política, ideológica y programáticamente como afirma Enrique Rubio, imponiendo “nuevas lógicas a los actores públicos, privados y civiles más importantes. Como se ha sostenido, la globalización predomina (precisamente) cuando la lógica planetaria se impone como dominante para los actores más gravitantes”, creando en el mundo una “principal unidad operativa” que genera fuertes condicionamientos a todos los actores, por más fuertes que éstos sean. (Rubio, 2006, pág. 12)

La capacidad de producir riqueza de los países ha sufrido cambios muy importantes en el complejo proceso de pasaje de la era industrial a la era del conocimiento en el marco de modelos económicos y sociales capitalistas, sobre todo durante las últimas dos décadas. La concentración de la capacidad operativa de producir determinados bienes o servicios y de generar redes de comercialización ha cambiado drásticamente con una aceleración de la capacidad de producción y consumo. Por supuesto que siguen importando aspectos como la disponibilidad de capital para inversiones en infraestructura, la generación de condiciones estables para manejar los procesos productivos y las posibilidades de controlar las cadenas de comercialización a escala global. Sin embargo, comienzan a tener cada vez más importancia aspectos como la generación de nuevas invenciones que aumenten el valor agregado de los bienes o servicios y también las redes de contactos que se puedan hacer entre comunidades de productores y de consumidores por muy diversos medios, incluyendo la Internet.

Estas grandes transformaciones que se están produciendo a escala planetaria tienen características diferenciadas respecto de la era industrial, que históricamente ha precedido a esta nueva era del conocimiento. Según plantean Javier Hermo y Agustín Wydler (2007), se está produciendo “una decisiva transformación de la industria y el modelo fabril clásico, con un crecimiento cada vez mayor del sector de servicios, tanto en términos relativos como absolutos, y que redefinen el carácter de los mismos a partir de este trabajo inmaterial y del ritmo de la informatización de procesos; para luego redefinir también la misma producción industrial.“ Además todo esto ocurre “en el contexto de un gigantesco cambio cualitativo a nivel global, tanto en la producción como en lo social mismo” cambiando las reglas de juego existentes respecto de las formas de producción de riqueza y las opciones para mejorar su distribución y cuidar el medio ambiente, en todo el mundo. Y cambian también las reglas del consumo.

Uno de los impactos que más se hizo sentir es el cambio de las reglas de juego respecto del trabajo en relación de dependencia. Se generaron sistemáticamente procesos de tercerización, buscando mayor especialización y flexibilidad en el manejo de muchos servicios, que hasta hace unos años se prestaban con personal interno permanente de cada organización. Para la mano de obra poco calificada, se generó una oferta laboral que no era aceptada por los trabajadores locales de los países desarrollados, siendo recibida por inmigrantes, muchas veces indocumentados. Además se produjo en el nivel empresarial un traspaso geográfico de requerimientos laborales de baja especialización desde los países desarrollados a los países en desarrollo, debido a que las empresas buscaban reducir sus costos de producción, bajando los gastos en salarios y aportes sociales. A todo esto se agrega una demanda creciente de personal calificado a escala global en lo relacionado con el manejo de nuevas tecnologías, que permanece en gran medida, insatisfecha. [1]

Andrés Serbín (2007, pág. 1) destaca también el impacto que la globalización tiene sobre el estado-nación: “Bajo la presión de las transformaciones estructurales del sistema económico internacional, el estado-nación se ve forzado a adecuarse a noveles condiciones para promover una inserción competitiva en el marco de una nueva división internacional del trabajo, a partir de las transformaciones productivas en curso, impulsando programas de ajuste estructural, particularmente en los países periféricos que no están involucrados en la dinámica central de estas transformaciones. A su vez, el ajuste estructural y la reestructuración productiva generan tensiones y conflictos entre diversos sectores domésticos y regionales, en particular a partir de la destrucción del estado de bienestar y de las políticas sociales asociadas a éste en el marco del énfasis en el desarrollo de las fuerzas reguladoras de la economía de mercado, dando lugar a la transformación de la sociedad civil y a la emergencia de nuevos actores y nuevas demandas de carácter social y político.“

“En este proceso – señala seguidamente Serbín – el estado-nación tradicional se ve afectado tanto en su soberanía externa (auto-determinación y territorialidad) como interna (reflejo de la soberanía popular, legitimidad y consenso en el interés del estado-nación) Sin embargo, como señala Cox, el Estado, al actuar de intermediario entre el ámbito internacional y el ámbito doméstico, no pierde su autonomía y conserva un significativo margen de ella, pero se enfrenta con un cuadro más complejo de actores y de intereses en la definición de sus objetivos, desgarrado entre la dinámica de un mercado mundial (que promueve su transformación en un actor del mercado) y de la política internacional (con la expectativa que continúe actuando como un actor homogéneo a nivel internacional en función de un interés nacional), y una articulación particular entre las demandas de la sociedad política doméstica y sus actores institucionalizados (partidos políticos, sindicatos, legislaturas) y de la sociedad civil (movimientos sociales, ONGs, redes sociales diversas) y su capacidad de presión y de influencia.”

Otfried Höffe (2007) realiza un interesante planteo sobre la percepción de los roles del ciudadano en el marco de los procesos de globalización, concebidos como una “progresiva supresión de límites” entre comunidades de cooperación y confrontación y también de comunidades de riesgos, carencias y sufrimiento, que operan a escala planetaria. La propuesta de Höffe considera que el clásico “ciudadano del Estado” que se ha perfilado en los últimos siglos y continúa evolucionando, tiene ahora otra dimensión como “ciudadano del mundo” y también una tercer vertiente, como “ciudadano económico”, con impactos muy diversos sobre la vida de las personas consideradas de manera individual o grupal con un alcance local o estadual tradicional, pero a la vez, con un alcance regional o mundial, en el marco de fuertes procesos políticos, sociales y económicos de globalización.

Los procesos de consolidación de modelos capitalistas, los procesos de globalización y el consumismo están imponiendo una mayor diferenciación institucional para atender aspectos políticos, económicos y sociales en el ámbito propio del Estado moderno y también cuando éste opera integrado en bloques o asociaciones de Estados. La creencia de que el Estado como unidad individual puede controlar todos los aspectos del desarrollo político, económico y social del mundo fue puesta en duda, desde mediados del siglo pasado. La importancia creciente de las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el GATT entre otras organizaciones internacionales, muestran que se necesitan organizaciones supranacionales para encarar los desafíos de la globalización. A lo que habría que agregar el peso creciente de las grandes corporaciones multinacionales en la economía y el comercio internacional, que muchas veces alcanzan niveles de producción y comercialización superiores a muchos países.

En este contexto de diversos ejercicios de la ciudadanía: “La globalización está afectando a la estructura y funcionamiento de las administraciones públicas ya que \”obliga a generar procesos de adaptación que le sacan de sí misma como centro de referencia de las acciones que promueve y le abocan a la dinámica de la competitividad por la captación de recursos. Para las organizaciones modernas es necesario no sólo pensar de forma global en el ámbito espacial o territorial, sino también en el ámbito temporal. En el primero porque los múltiples acontecimientos que se producen en el mundo tienen impacto en las organizaciones y les obliga a definir cuál es el papel que representan o quieren representar en ese entorno, y a reflexionar sobre cómo les afecta la actuación que otros representan o quieren representar. En el segundo, porque implica la necesidad de definir horizontes a largo plazo que aminoren el peligro de inmersión en lo cotidiano.” (Gómez Bahillo, 2006, sp)

Pero la globalización no siempre funciona adecuadamente, desde la perspectiva de todas las naciones afectadas. Precisamente Joseph Stiglitz (2006) plantea alternativas para enfrentar el malestar que se genera en los procesos crecientes de globalización, sobre todo por el impacto que estos procesos puedan tener sobre los países en vías de desarrollo, a los que se les imponen condiciones no siempre beneficiosas para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Las reglas de juego de la globalización las fijaron los países industrializados considerando sus propios intereses políticos, económicos y sociales. Precisamente por ello, deben reanalizarse según el autor, cuestiones relevantes en el futuro de los países en vías de desarrollo como el alivio de la deuda externa de los países más afectados, el accionar cada vez más fuerte de las multinacionales y muy especialmente, la planificación de la utilización de los recursos naturales y su asociación con el desarrollo sustentable.

Tal vez las enormes posibilidades de utilización dinámica del capital en la economía a escala global, sea una de las manifestaciones del cambio económico y social que ha alcanzado mayor desarrollo durante el siglo XX. Y en este contexto, los capitalistas han sido los verdaderos protagonistas de la inserción del capital, en el pro¬ceso incesante de producción al cual se ven obliga¬das todas las sociedades. El capitalismo, siguiendo las ideas de Fernand Braudel (2008, pág. 15): “constituye, grosso modo (y sólo grosso modo), la forma en que es llevado —normalmente con fines poco altruistas— este constante juego de inserción.” Consistentemente el capitalismo ha operado como un mecanismo aceitado de generación de riqueza a escala planetaria. Un mecanismo que ha generado enormes desequilibrios entre las diversas naciones, sustentados en la capacidad de controlar esos procesos de inserción enormes masas de capital en el sistema productivo.

4 Los procesos de transformación en el mundo desarrollado

Todos los cambios políticos y económicos según Manuel Castells (2004, pág. 27), han generado un conjunto de transformaciones muy grandes en el modelo capitalista. Se ha producido un “proceso de reestructuración profunda, caracterizado por una mayor flexibilidad en la gestión; la descentralización e interconexión de las empresas, tanto interna como en relación con otras; un aumento del poder considerable del capital frente al trabajo, con el declive concomitante del movimiento sindical; una individualización y diversificación creciente en las relaciones de trabajo; la incorporación masiva de la mujer en el trabajo retribuido, por lo general en condiciones discriminatorias; la intervención del Estado para desregular los mercados de manera selectiva y desmantelar el estado de bienestar, con intensidad y orientaciones diferentes según la naturaleza de las fuerzas políticas y las instituciones de cada sociedad; la intensificación de la competencia económica global en un contexto de creciente diferenciación geográfica y cultural de los escenarios para la acumulación y gestión del capital.”

La tecnología tiene impacto sobre aspectos económicos, sociales y culturales de la vida de las personas en sociedad. Nuevas tecnologías que están generado transformaciones muy profundas en la forma en que la gente se relaciones en comunidades con cierta afinidad, en los medios para desarrollar de la mejor manera su trabajo, en la forma en que se informa acerca de aspectos que tengan particular interés, en las alternativas que tiene para entretenerse, e incluso en cuestiones como la forma de realizar transacciones comerciales o relacionarse con las organizaciones estatales para manejar asuntos tan diversos como el pago de impuestos o el ejercicio de sus derechos ciudadanos. La posibilidad de contar con una red global de intercambio de información no controlada a nivel de cada país, ha tenido un rol decisivo en el desarrollo acelerado de la Sociedad de la Información. Y el eje vertebral de ese intercambio está constituido por Internet que opera como articulador incontrolable de relaciones entre organizaciones de todo tipo y usuarios individuales. (Trejo Delarbre, 2006)

Parte del poder de restringir el acceso a la información que tenían los Estados modernos hasta hace unas décadas, se ha visto imprevistamente restringido. Alcanza con mirar la experiencia China para ver la magnitud de estos cambios. No es extraño entonces que los gobiernos nacionales – que están perdiendo peso relativo en las grandes decisiones económicas y tecnológicas que transforman el mundo – hayan encarado fuertes procesos de adaptación de sus estructuras y su funcionamiento. También lo han tenido que hacer las organizaciones sociales y las empresas comerciales, para ponerse a tiro de los requerimientos de una economía y una sociedad que transita de la preeminencia de los estados-nación hacia otras formas de estructura y funcionamiento basadas en procesos de integración regional crecientes, como lo demuestra: la “ardua pero inexorable unificación económica europea”; “el surgimiento de una economía regional norteamericana” o el todavía incipiente y oscilante, proceso de integración regional en el contexto Latino Americano.

Las reformas de estructura y funcionamiento operaron de manera muy diferente según los países que se consideren, aún dentro de contextos similares como en el caso de la propia Comunidad Económica Europea. Por ejemplo en España, la reforma ha tenido como objetivo prioritario la racionalización y la modernización, en Inglaterra se ha concentrado en las reducciones y en la mejora de los servicios y en Francia el énfasis se puso fundamentalmente en la reducción del gasto público. Estos procesos afectan según Gómez Bahillo (2006) en administraciones como la española a aspectos múltiples de la organización y gestión de los recursos humanos y económicos y se desarrolla a través del establecimiento de niveles mínimos de calidad, sistemas de evaluación de programas, actividades y rendimientos, y de una racionalización y simplificación de procesos. En el caso uruguayo ha operado fundamentalmente por el lado de las reducciones de plantilla y la flexibilización laboral, aunque estas medidas están actualmente a estudio.

Por otra parte, los países industrializados acentúan cada vez más su control sobre la generación de conocimientos que abarca cuestiones como el manejo de las fuentes energéticas, los sistemas de comunicación, la generación de alimentos, la formación de especialistas o los medios de esparcimiento, utilizando herramientas que cada vez requieren mayores conocimientos para poder manejarlas adecuadamente, aumentando la brecha entre quienes acceden plenamente a la tecnología y quienes no pueden siguiera alcanzar grados de alfabetización y disponibilidad de recursos, para convertirse en consumidores precarios de la misma. No fue extraño entonces que los países que no pudieran saltar la brecha – incluyendo los Latinoamericanos – buscaran mecanismos de protección para retrasar el ingreso de nuevas tecnologías en los mercados propios, que sabían atendidos con tecnología legada frecuentemente poco o nada competitiva.

Los países del primer mundo, que ya habían desarrollado de manera madura sus industrias nacionales, generaron procesos de desarrollo acelerado del consumo, crearon también sus propios mecanismos de protección, sobre todo y de manera muy notoria en el terreno agropecuario, estableciendo diversos modelos de contralor que incluyeron mecanismos como aranceles, cuotas o estándares, cerrando el paso a productos como la carne, la lana o el arroz, que eran fuentes importantes de divisas para los países subdesarrollados. También procedieron a descentralizar determinadas operaciones, procurando acceder a mano de obra barata y poco calificada para bajar los costos de producción de artículos como por ejemplo la vestimenta, los medicamentos o los automóviles, cobrando royalties importantes por los derechos de marca o de procesos y manteniendo en muchos el control de las operaciones comerciales, sobre todo en el nivel de canales de distribución globales.

En América Latina se plantean oportunidades y desafíos que se resentan en el comienzo de este nuevo siglo/milenio, analizando las implicancias del denominado bono demográfico y de la construcción de la sociedad del conocimiento (como dos factores centrales del marco en el que se ubica la dinámica de dichas políticas públicas) revisando asimismo el estrecho vínculo a construir entre reforma del Estado y políticas públicas de juventud (haciendo un fuerte énfasis en la gestión operativa como tal). (Rodríguez, 2003) Lo que permitiría construir una propuesta sustentable de cara al desarrollo de las futuras generaciones, que de todas maneras no debería obviar la necesidad de una integración económica y social a escala mayor en toda la sociedad, sin comprometer la consideración de las singularidades características de América Latina.

Los procesos de transformación política, económica y social a escala global referidos en este documento se potencian “con la trasnacionalización comunicativa a través de los diversos medios tecnológicos que abre la revolución informática y la difusión global de valores y mensajes) y culturales (con la promoción homogeneizadora de los valores del consumismo occidental a costa de las expresiones de identidad y los valores locales”. En definitiva, los cambios políticos, económicos y sociales globales impactan sobre los valores, las creencias de las sociedades locales, incidiendo sobre el comportamiento de todos los actores, incluyendo a los gobiernos nacionales, las empresas y las personas en general. Se trata de un proceso de penetración generalizado que genera un efecto uniformizador que atenúa las singularidades de cada región, país o ciudad, cada vez con más fuerza. (Serbín, 2007, sp).

El resultado de estos grandes procesos de polarización que están ocurriendo a escala global, todavía está en período de desarrollo y por lo tanto, no es fácil predecir con precisión los escenarios futuros de consolidación. De todas formas, la multi-polaridad parece ser el estado natural de equilibrio al que se evolucionará en un plazo todavía indeterminado. Posiblemente según Enrique Rubio, el dilema no será si se vivirá en un mundo unipolar – como circunstancialmente está aconteciendo en torno a la fuerte hegemonía de los Estados Unidos de América – sino en qué circunstancias específicas y en cuánto tiempo; nos aproximaremos a una estructura política y económica multipolar. Y en este contexto, el gran desafío para las naciones pequeñas es si afectivamente se encontrarán caminos para “un cambio en las relaciones mundiales de poder en favor de los más débiles. Precisamente eso es importante porque en caso de darse ese cambio debería “traducirse en un nuevo orden económico mundial y en una transformación concomitante de las instituciones internacionales o, lo que es lo mismo, en su desarrollo, fortalecimiento y democratización.” (Rubio, 2006, pág. 24)

A su vez, los procesos de transformación generales de la economía y la sociedad también producen cambios en la forma de apreciar y administrar las organizaciones. Se comienza a hablar de nuevas formas de organizar y dirigir las organizaciones en muchas de las líneas propuestas por la Fundación Drucker en “La organización del futuro” (Hesselbein, Godlsmith y Beckhard, 2006). También merece destacarse la interesante recopilación de “Hablan los gurús” de Joseph y Jimmie Boyestt (1999) tomando como referencia, los grandes maestros del management. Muchos de estos aportes fueron recogidos en el proceso de análisis del marco de referencia de esta investigación. Por su parte, este replanteo también llega a las organizaciones del Estado y la necesidad de encarar procesos de transformación como plantean David Osborne y Peter Plastrik (1998) con sus cinco estrategias para reinventar el gobierno, planteadas en su libro “La reducción de la burocracia” que hemos citado en varias oportunidades durante esta investigación.

“La sociedad mundial, la globalización y la regionalización son fenómenos que han marcado la importancia de la influencia de las instituciones en las economías, las sociedades y las culturas. Una de las expresiones más relevantes en estos procesos es la aparición de nuevas formas de organización flexibles, que han demostrado ser más eficientes que los modelos burocráticos tradicionales. En este contexto, las teorías convencionales de la administración no corresponden a las nuevas formas institucionales que se perfilan en los procesos de mundialización y globalización, lo que ha causado el cambio en los paradigmas del saber managerial, mismos que han llamado la atención de los estudiosos contemporáneos de las organizaciones y la administración. En consecuencia, se han desarrollado nuevas propuestas de la administración, que buscan la transformación de las instituciones para adecuarlas a los modelos emergentes de las organizaciones y a los nuevos arreglos estructurales.” (Barba Álvarez, 2007, pág. 1)

5 Los procesos de transformación vistos desde América Latina

América Latina reaccionó al proceso proteccionista históricamente prevaleciente y vivió en los años 90 un cambio drástico respecto de las décadas previas, en la forma de ver a las empresas públicas. Tatiana Láscaris Comneno (2006, sp) analiza además el comportamiento tecnológico en la esfera productiva de América Latina en la década de los noventas. “El patrón de cambio tecnológico y el modelo global de organización de la producción sufren durante la última década cambios estructurales fundamentales debido a la apertura de la economía a la competencia externa, la desregulación de múltiples mercados y la privatización de activos públicos. Estos factores han generado transformaciones profundas en el comportamiento de las economías latinoamericanas, afectando la forma en que los países importan, generan, adaptan, difunden y usan nuevos conocimientos científico-tecnológicos en distintas esferas productivas.“

Además hay que contemplar aspectos políticos, ideológicos y tecnológicos que tuvieron un impacto importante, sobre todo en América Latina al fin del milenio. Especialmente: “No debemos minimizar la entidad de la crisis ideológica de la izquierda latinoamericana y mundial. Las principales tesis y convicciones de la cultura de la izquierda de los sesenta sufrieron un cuestionamiento radical. En América Latina, por ejemplo, dicho cuestionamiento provino, principalmente de cuatro fuentes: la experiencia de las dictaduras cívico-militares; la caída del Muro de Berlín y la implosión del denominado socialismo real; la extensión y profundización de la globalización con conducción neoliberal, como resultado en última instancia del proceso de acumulación de capital; y la revolución de las comunicaciones. Amén de otros cambios económicos, científico-tecnológicos, sociales, políticos y culturales fundantes y concomitantes.” (Rubio, 2006, pág. 45)

No tardaron en aparecer duros juicios críticos a los principales actores públicos y privados que definieron las reglas de juego de uno de los períodos más cuestionados del desarrollo político, económico y social latinoamericano. Amílcar Herrera (1986, pág. 92) responsabiliza fundamentalmente al Estado y al empresariado industrial latinoamericano del atraso científico general de América Latina. Ciertos problemas estructurales se han agudizado debido a las políticas referidas de fuerte proteccionismo del Estado para evitar que el sector industrial se enfrentase a la competencia internacional, eliminando con esto todo incentivo a que la industria pudiese sentir de elevar su competitividad con base en una capacidad de innovación propia. Un resultado de esta actitud fue no percibir la necesidad de fomentar la investigación científica y tecnológica para apoyar a la industria. Pero la idea de simplemente cargar las culpas sobre la conducta de los agentes, no parece ser del todo adecuada.

Oscar Maggiolo de manera precursora – hace ya cuarenta años – planteó las dificultades de desarrollo de América Latina como un problema cultural que bloquea el desarrollo científico y técnico y que tiene raíces de origen “estructural e interno de las naciones” y también otros provenientes “de fuertes intereses del exterior”. Según Maggiolo (1968, pág. 4): “No ha desempeñado un papel despreciable en la consolidación de la situación imperante, el que la mayoría de los intelectuales latinoamericanos vieran en la ciencia y la técnica, “un componente cultural materialista y pragmático” que se oponía a la concepción filosófica idealista. Puede considerarse un representante cabal de esa tendencia, al escritor uruguayo José Enrique Rodó y su ”Ariel”. Esta concepción filosófica idealista que lleva a rechazar la técnica por incompatible con los ideales superiores del hombre, predomina durante el primer tercio de siglo actual (siglo XX) para ser paulatinamente abandonada a partir de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, a fines de la década del 40 y principios de la del 50.” Pero sus efectos de prolongan hasta muy avanzado el siglo XX.

Maggiolo (1968, pág. 5) sostiene que “la ausencia de una técnica científica en la cultura latinoamericana es, junto con otros factores de índole estructural-económico”… “responsable de la situación de dependencia que viven las naciones americanas de origen luso-hispánico.”

Existen problemas estructurales regionales que están influyendo en el futuro sobre el comportamiento de los agentes, más allá de sus propias voluntades individuales. Láscaris Comneno (2006, sp) señala el “atraso crónico de la ciencia en América Latina” que ha caracterizado la situación de las instituciones de manera estructural y permanente a la región. Seguidamente aporta datos específicos. “La capacidad de investigación de toda América Latina representa entre el 1% y el 2% de la capacidad mundial. El problema del atraso científico-tecnológico en los países en vías de desarrollo y sus posibles causas es tema de permanente discusión y análisis en foros diversos. Parte de la explicación a este hecho se sustenta en la valoración -lamentablemente muy extendida, a veces aceptada de manera explícita, y más frecuentemente, tácita- de que el hacer ciencia y tecnología de calidad está reservado, a veces parece casi que por definición, a los países desarrollados.”

Arocena y Sultz (2002) caracterizan muy bien el panorama de la región, sobre todo desde el punto de vista de sus carencias en la generación de conocimientos como en la producción de riqueza. Sostienen específicamente que el gasto nacional en innovación es bastante bajo en casi todos los países de la región con una la inversión en I+D que está por debajo del umbral del 1% del PBI. Se trata de un umbral que la UNESCO consideraba como un mínimo imprescindible tres décadas atrás. Sostienen que la innovación industrial es altamente informal por lo que las actividades de I+D no están clara ni formalmente articuladas con la estrategia empresarial. Se sabe poco sobre cómo se realizan estas actividades, cuando son de carácter interno a la organización. Precisamente por ello, los investigadores consideran que el análisis de cómo se realizan esas actividades deviene elemento central en el estudio de la innovación realmente existente.

La realidad poco dinámica y abierta a innovar de los sectores productivos de América Latina, según Parrisca (2006) se fue delineando un estilo gerencial estático, muy sui géneris, muy particular, muy “nuestro”, un estilo gerencial que en América Latina llegó a alcanzar niveles importantes de eficiencia que pueden hasta permitir afirmar, como lo hace Carlota Pérez (2006), que fue exitoso hasta hace relativamente poco tiempo pero que, no obstante, ha dejado una pesada herencia de resistencia, desinterés o desconfianza ante la innovación y el cambio. Se trata de un estilo de poco reconocimiento al mayor potencial de contribución al éxito institucional (sea cual sea su definición) del capital humano en contraposición al capital financiero. El estilo generó un bloqueo al desarrollo de los emprendimientos generadores de conocimiento y en definitiva, de riqueza. Retomando las ideas de los Toffler (1999), no supieron o no pudieron enfrentar los desafíos crecientes de la “tercera ola”.

La región latinoamericana – sostiene Láscaris Comneno (2006) – simplemente se ha dejado llevar por la dinámica de la globalización, asimilando de manera pasiva sus efectos, y sin visualizar los modos de aprovechar las oportunidades que ofrece. El no asumir una actitud pro-activa no sólo no resuelve las carencias acumuladas, sino que las agrava, al profundizar los factores de orden estructural que son causantes de los graves problemas de las economías de la región. No sólo no hay avance hacia el desarrollo económico mediante estrategias de superación de las debilidades de orden estructural, sino que se está ante un proceso de retroceso, ya que dichas debilidades en algunos casos, ni siquiera han sido claramente identificadas. No ha habido una planificación que, sobre un análisis cuidadoso de las ventajas comparativas que permitan visualizar ventanas de oportunidad a los países de la región, permita diseñar y ejecutar una estrategia de inserción exitosa en determinados nichos de mercado en el mercado internacional.

Durante décadas – plantea Simón Parisca (2006) – hemos reconocido, comentado, estudiado y analizado la “creciente brecha tecnológica” entre América Latina y los países desarrollados, y esa imagen de rezago creciente se ha convertido más en un factor de desilusión, de freno a nuestras aspiraciones de cambio, que en una fuente de energía creativa para “cerrar el gap”, para “solventar la brecha tecnológica”. De lo que se desarrolle en el futuro, dependerá de que ese gap sea en definitiva, una amenaza insalvable o de una oportunidad de superación. El desafío para las comunidades científicas y los sectores empresariales es enorme. También lo es para los gobiernos que aceptan el compromiso de ayudar a construir las sinergias más convenientes, para reducir ese gap referido precedentemente. Y por supuesto que Uruguay no es la excepción, en este contexto tan poco propicio para generar transformaciones innovadoras sustentables.

Pero no todo el panorama es uniformemente negativo. Algunos indicadores económicos parecen mostrar que en la última década se han generado alternativas de crecimiento económico sostenido en la región. Según Francisco Luzón (2005) realiza un análisis menos crítico de la realidad regional. Sostiene que la idea que sigue flotando en el ambiente es que en la ultima década Latinoamérica ha “fallado” una vez más. Que no ha crecido. Que su renta per capita se ha estancado. Que la pobreza ha aumentado. Que su peso en la economía mundial ha retrocedido. El autor plantea que hay que volver a mirar a las estadísticas. Utilizando la Base de datos del último World Economic Outlook del FMI para hacer sus cálculos sostiene que Latinoamérica, sí que ha crecido. En concreto, plantea que el crecimiento promedio de la región entre 1990 y 2005 ha sido del 2.9%, lo que según el autor son ocho décimas más que el crecimiento entre 1980 y 1990.

Sin embargo – siguiendo a Francisco Luzón (2005) – los resultados no son uniformes en toda América Latina. Sostiene que existe una gran dispersión de logros y comportamientos en la región que incluso ha aumentado. Mientras que en los 80s casi nadie pudo escapar de la Década Perdida, sí ha habido países que han esquivado las crisis supuestamente inducidas por el modelo del “consenso de Washington”, y precisamente éstos han sido los países que como Chile y México, han cuidado más el desarrollo institucional y la profundización democrática.” Lo que parece ser todavía una “asignatura pendiente” es la capacidad de distribución equitativa de la riqueza generada en la región. Luzón afirma que no hay duda que hay pobreza en Latinoamérica. Señala que según la CEPAL; en el año 1990 el 48.3% de la población vivía por debajo de las líneas de pobreza nacionales y de ellos algo menos de la mitad – el 22.5% – lo hacía en la indigencia. Y finalmente sostiene que es necesario luchar contra la pobreza, pero que ello no es fácil y los avances son lentos.

6 El aporte del Estado y las empresas en los procesos transformadores

A su vez, las propias estructuras del Estado comienzan a ser puestas en tela de juicio, procurando mayor calidad de servicios a menores costos. Los procesos de transformación del Estado pasan a formar parte de la agenda política de los gobiernos. Los enfoque son muy variados, pero coincidiendo en que las respuestas que brindan los estados latinoamericanos no son satisfactorias. Y el Uruguay no será la excepción en estos cuestionamientos. Los sucesivos gobiernos nacionales luego de la restauración democrática, plantearon reiteradamente sus propuestas en general con escasos resultados, en el marco de marchas y contramarchas derivadas de confrontaciones filosóficas y políticas muy pronunciadas. (Ramos, Narbondo y Filgueira, 2002). Se trata de un proceso de cambios que se hace cada vez más explícito en su concepción, pero que todavía permanece difuso, en cuanto a sus realizaciones concretas.

La percepción de qué y cómo debe proceder el Estado ante esas situaciones de demandas ciudadanas y empresariales insatisfechas, es muy diferente entre los liberales y los estatistas. Sin embargo, lo que parecería estar claro es que con la actual estructura y funcionamiento, el Estado no está dando las respuestas que la situación demanda. Ernesto Rodríguez (2000) plantea un cambio de foco desde la consideración del mercado como generador de respuestas, reivindicando al Estado en su rol de articulador de las mismas. Según el autor el tema central de fines del siglo pasado fue la Reforma del Estado. La relevancia del tema de la reforma en el futuro del país, es inmensa. En respaldo a dicha percepción en autor señala que así como la crisis de los años treinta fue una crisis de \”mercado\” (y exigió respuestas a ese nivel) la crisis de los años ochenta fue (y todavía es) una crisis de \”Estado\” y requiere respuestas a este nivel. Propuestas que en muchos casos, todavía no se han logrado formular acabadamente o habiéndose formulado, no han podido aplicarse en un contexto de sustentabilidad.

Esta problemática es muy diferente en los países desarrollados, que los países vías de en desarrollo. Sostiene que en los países altamente industrializados y en algunos de los más avanzados en el mundo en desarrollo, esta crisis se expresa claramente como una crisis del Estado de Bienestar que no sería actualmente sostenible. Debe tenerse presente que fue construido en la época de esplendor en materia de crecimiento económico, sobre la base de sólidos acuerdos sociales y políticos, y que hizo crisis en términos de inviabilidad financiera sostenida. En cambio, en la mayor parte de los países en desarrollo, esta crisis se expresa en “ingobernabilidad”. En algunos casos – sostiene el autor – esta ingobernabilidad se visualiza en términos de instituciones estatales débiles; mientras que en otros casos, esta crisis se expresa en ausencia lisa y llana de instituciones estatales, cumpliendo roles básicos ligados con la dinámica económica, social y política. (Rodríguez, 2000) [2]

En el marco de grandes cambios a escala planetaria, los países latinoamericanos han generado múltiples procesos de asociación regional buscando mejores posibilidades para negociar comercialmente entre ellos y con bloques fuertes ya constituidos como por ejemplo: la Unión Europea. La historia de esas asociaciones está cargada de buenas intenciones que no siempre logran ponerse en marcha para satisfacer las expectativas. Particularmente en el caso del Mercusur se han ido desarrollando acuerdos políticos que no generan una institucionalidad que los respalde, de manera de crear certezas en los diversos agentes económicos y sociales, respecto de la confiabilidad de las decisiones que se van generando. (Quijano, 2007) Las incertidumbres derivadas de estos problemas, condicionan los procesos económicos de asociación y consecuentemente las estrategias de las empresas respecto de las posibilidades reales de apertura de los mercados de cada bloque que se pueden llevar adelante, a partir de las declaraciones de intención marcadas por estos procesos de integración.

Pero hay que ampliar la visión respecto de los cambios, no sólo contemplando al Estado o la integración regional sino a todas las organizaciones en general, cuidando aspectos muy similares que cuando hablamos específicamente de las organizaciones estatales nacionales o de bloques regionales como el Mercosur. Max Weber estaba preocupado por la distribución del poder entre los agentes de cada estructura. Esto representa la parte formal de su trabajo. Sin embargo, Weber estaba también preocupado por explorar la legitimación derivada de la participación de las personas en las organizaciones. Mostró los problemas del delicado equilibrio entre “el poder de controlar” y “la habilidad de justificar” (legitimar las actuaciones). (Etzione, 1964, pág. 50) Precisamente estos aportes constituirán una base importante para comprender la construcción de estructuras y procedimientos preestablecidos y el desarrollo de los principios de autoridad y legitimación de los agentes internos de una organización a partir de sus cargos y sus actuaciones, consistentes con las prácticas formalmente admitidas. En otras palabras, aceptar las cosas porque “siempre fueron así”.

Una muy rígida estructuración del poder y una gran mecanización de la forma de decidir, genera aspectos positivos y también contratiempos, en todas las escalas en que se quiera analizar el problema (regional, nacional, sectorial o incluso empresarial). La consideración de las organizaciones en general como un sistema colectivo que se configura y evoluciona en un contexto en buena medida social, plantea la necesidad de analizar quiénes son y qué rol desempeñan los grupos principales que integran esa organización. “Tradicionalmente, y sobre todo arrancando de una concepción liberal de la organización, el grupo constituyente considerado fundamental es el capital, que pone los recursos económicos y asume riesgos.” Por otra parte, “los directivos (aun no siendo los propietarios) constituyen otro grupo importante de poder, derivado del de la propiedad.” Finalmente: “Un tercer grupo con poder en la organización es el de los trabajadores y ello introduce una dialéctica bipolar empresario-trabajador o capital-trabajo cuyos intereses son con frecuencia contrapuestos y en conflicto y por ello objeto de negociación.” (Peiró, 2008, sp)

Veremos que la lista de grupos de tipos de agentes constituyentes de las organizaciones modernas debe ampliarse todavía más. “No obstante, una consideración más amplia de los grupos constituyentes incorpora a otros colectivos desde una concepción de \”partenariado\” (shareholders). Este enfoque cuenta con una cierta tradición en Europa, (en especial en Alemania). Así, los trabajadores tienen presencia en los órganos de decisión de la empresa y el propio Estado juega un papel en ello, porque participa de la propiedad en ciertos casos, y a través de la legislación. Por otra parte, los clientes están cobrando un protagonismo cada vez mayor y sus opiniones, preferencias, necesidades y demandas tienen más peso en las decisiones organizacionales aunque los mecanismos de influencia son distintos a los de los otros grupos. Finalmente, las estrategias organizativas de externalización (outsourcing) dan también mayor protagonismo a los proveedores ya que los nuevos sistemas de aprovisionamiento requieren una colaboración más estrecha.” (Peiró, 2008, sp)

Siguiendo a Peiró (2008, sp): “Todos estos grupos, tienen intereses legítimos y realizan contribuciones a cambio de compensaciones que esperan y pretenden. Un elemento fundamental que permite la comprensión de sus comportamientos (con) relación al sistema es el análisis de los intercambios entre contribuciones y compensaciones. En primer lugar, el análisis de esas transacciones ayuda a comprender las decisiones de cada grupo, o de algunos de sus componentes, de abandonar o mantener su relación con el sistema, y la intensidad de esa relación. Además, de ese análisis se desprende también la compleja interacción entre los diferentes constituyentes que configuran un determinado entramado de relaciones de poder que está en la base de la organización.” Este verdadero sistema de frenos y contrapesos requiere adecuados equilibrios entre el Estado y la sociedad civil, para sacar partiro del rol distribuidor del Estado y del rol generador de las organizaciones privadas.

Según Ernesto Gore (2003, pág. 31) para las personas “organizarse” y “construir sentido” en las organizaciones es parte de un mismo proceso que se desarrolla actuando y generado acoplamientos formales e informales. Las personas comprenden a sus propias organizaciones a través de su actuación, más allá de la consideración de las estructuras y procesos que se construyen formalmente como modelos de representación. La complejidad organizacional impide muchas veces establecer relaciones de causa y efecto institucionales respecto del desempeño individual en el trabajo. Por ello, la actuación de cada persona en el trabajo y los resultados directos de esas acciones, son lo que realmente le permite a cada uno “entender lo que sucede”. El entendimiento surge más de la acción que de la interpretación. Y este es un aprendizaje que debe ser realizado nuevamente, para comprender la dinámica de las organizaciones de cara al siglo XXI, incluyendo al Estado y la empresa privada.

Charles Heckscher (1996) ha puesto de manifiesto ciertos cambios en las relaciones entre los diversos agentes internos de cada organización y en la relación entre agentes de diferentes organizaciones, que trascienden a las conductas racionalistas que caracterizaron las organizaciones las estructuras y procesos burocráticos fortalecidos durante el siglo pasado. La idea de ciertos equilibrios llamativamente presentes entre fidelidad a la empresa a cambio de protección laboral, está siendo demolidas por la dinámica de los hechos, más allá del impacto positivo o negativo que estoas formas de intercambio pudiesen generar para garantizar la supervivencia en una sociedad que siente el impacto de la globalización y opera de manera cada vez más competitiva. Según Heckscher (1996, pág. 19): “La ética paternalista fue esencial para el crecimiento de las grandes burocracias que han dominado el mundo empresarial” en el siglo XX pero actualmente no parecen dar respuestas adecuadas en el mundo más abierto y dinámico del siglo XXI. Y el Estado como organización no debería ser inmue a estos cambios en las organizaciones civiles y comerciales en general.

Para apreciar los nuevos desafíos hay que tener presente que las soluciones del pasado (Estatales o privadas) se convertirían tarde o temprano en los problemas del presente, parafraseando las principales ideas planteadas en las bases conceptuales del enfoque sistémico de Peter Senge (1992). En este contexto de organizaciones más flexibles y dinámicas – luego de la Segunda Guerra Mundial – los empleados se comenzaban a preocupar más por la calidad del trabajo que desarrollaban y los ejecutivos comenzaron a desarrollar rasgos innovadores de gestión, “antítesis exacta de una conducta maquinal” que era el paradigma un par de décadas antes.”El inmenso torrente de jóvenes ejecutivos talentosos que invadieron las empresas por sí sólo hubiera podido acabar con la idea de corporación como una máquina, aún sin la insatisfacción de los obreros.” (Ackoff, 1991 a, pág. 45) La empresas como organizaciones abiertas al aprendizaje que se verían en el futuro, serían muy diferentes de las del pasado, como unas décadas después plantearía Peter Senge (1992). Una lección que los latinoamericanos no hemos aprendido.

Hoy las organizaciones estatales y privadas generan valor utilizando instrumentos que alteran las ecuaciones de poder y autoridad legadas y también, los acuerdos de sustentación de la lealtad estatal o empresaria en ambos sentidos. Estudiosos de las organizaciones como Peter Druker sostienen que debería reinventarse la empresa (y bien podría agregarse que también a los gobiernos) – tal como los heredamos del siglo XX basados fundamentalmente en la autoridad, el capital y la fuerza de trabajo – capitalizando las potencialidades de la era de la información y las posibilidades dinamizadoras del mejor empleo del conocimiento. Y ello requiere que se valoren más los mecanismos para mantener las conexiones con fuentes externas, asegurar los flujos de conocimiento interno de cada organización, potenciar a las personas con la mejor perspectiva para tomar decisiones, alinear las actividades con la estrategia y finalmente crear conocimiento para generar nuevas oportunidades, en los términos planteados por Haim Mendelson y Johannes Ziegler (2004, pág. 9)

Esto implica – según los referidos autores – que se valore la capacidad de generar conocimientos explícitos e implícitos sobre los negocios basados en “tres palancas” fundamentales; los “procesos y estructuras” efectivos para la toma de decisiones, las “tecnologías de la información” para la obtención de información del contexto y para la difusión interna de los conocimientos necesarios para decidir y la “cultura” necesaria para que las personas apropiadas compartan la información de manera oportuna, reduciendo los compartimentos estancos que consolidan poderes sectoriales, en detrimento de los intereses corporativos. Precisamente la importancia de las tres dimensiones referidas y su interdependencia, sería la base para desarrollar emprendimientos de cambio sustentables en el futuro cercano. Se trata de enormes desafíos, que recién comienzan a plantearse en las grandes organizaciones latinoamericanas. Y que últimamente comienzan a formar parte de la agenda de la “Reforma del Estado” no necesariamente para hacerlo más pequeño, sino para hacerlo más cercano y servicial para con los ciudadanos.

Finalmente vale anotar que el impacto de la integración en las organizaciones sobre los valores y las creencias de la gente es un componente importante de los procesos de cambio. La globalización y la regionalización generan también cambios en los valores de cada sociedad que recibe su impacto de manera inevitable. Todas las sociedades industriales o en vías de desarrollo, sufren las influencias en mayor o menor medida, de ciertos procesos de integración en ámbitos de mayor escala. Fernando Savater (Martínez, 2005, pág. 231) refiere al impacto de cuestiones como por ejemplo la extensión de la cobertura del capital financiero internacional, la extensión del impacto de las drogas o la mundialización del manejo de la información periodística, afectan en gran medida quién puede y qué puede comprarse, cuál es el grado de dependencia social de las personas o qué información reciben para formarse una composición de lugar sobre las cosas que están sucediendo. Por otra parte, una mayor conciencia de las atrocidades que están ocurriendo a escala planetaria, modifica las conductas de la gente y contribuye a cambiar los valores.

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[1] Según la Organización Internacional del Trabajo: “Durante los años 90 acaecieron cambios radicales en la situación empresarial. La liberalización del mercado y el fin de la intervención por parte del Estado supusieron una mayor intervención de la empresa en el gobierno a nivel nacional y global. La inversión extranjera directa constituye el método preferido de transferencia de capital y de transmisión de capacidades y tecnología y se considera a la empresa como motor de crecimiento en todos los ámbitos. Sin embargo, como consecuencia de todo ello, aumentan las expectativas de la sociedad civil y se exige una mayor intervención de la empresa en ámbitos tan variados como la seguridad del empleo, los subsidios, el trabajo infantil, la normativa relativa al medio ambiente y la transparencia en las transacciones empresariales. Lo que resulta novedoso es que la demanda del sector público tiene una influencia directa en el mercado, a través de la demanda del consumidor, de los cambiantes comportamientos y opiniones del empleado, de la reglamentación del mercado y la empresa, así como de los medios de comunicación, los cuales tienen influencia en la imagen de la empresa y la cotización de las acciones.”(IIEL, 2007)

[2] Ciertamente que todavía hay muchas dificultades por superar en el ámbito público para administrar mejor los recursos humanos y materiales disponibles. Lo importante es que la necesidad de generar una mejora en la gestión gubernamental –en muy diversos ámbitos – comienza a estar en la agenda política y académica Latino Americana. Hugo Gutiérrez Dávila y Lizeth Jiménez Meza, (2005) desarrollaron un Modelo para Evaluar la Agenda de Buen Gobierno sustentado en una orientación a resultados. La propuesta parte de una revisión de los principios y características de la Nueva Gestión Pública así como de distintas experiencias internacionales desarrolladas a efecto de evaluar la gestión pública. Su planteamiento se centra en un modelo de evaluación que parte del principio de desagregación y el enfoque matricial, así como en un conjunto de reglas e interrelaciones que se deben generar para su éxito, lo cual ha denominado como “sistema de gobernanza”.

Carlos A Petrella

El Ing. Carlos Petrella un ejecutivo con más de 20 años de experiencia en todas las fases del cambio organizacional en grandes organizaciones estatales y privadas con amplios conocimientos de cultura organizacional y reingenierías. Ha trabajado en varios países de Latinoamérica y en Europa y posee una formación equilibrada en...

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