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¿Por qué los estados latinoamericanos son ineficaces?

Latinoamérica, con excepción de África, es la región más atrasada del mundo en economía, educación y desarrollo social. El tema puede analizarse desde muchos ángulos, pero hay uno en especial que es interesante: el estado de derecho.

El Estado es uno de los mejores inventos de la humanidad, pues permite la relación entre el primate más sociable y el más agresivo del planeta más allá de su familia y su tribu. Se forma cuando una comunidad define reglas de convivencia y elige a una autoridad que las vigila y sanciona. Es decir, el Estado es sociedad y gobierno, pero lo más valioso no es el gobierno sino la sociedad, y de ella, sus individuos.

Gracias a Inglaterra y a los EUA, en el Estado moderno la sociedad vigila, acota y desconfía por sistema del gobierno, ya que éste puede cometer los peores abusos en contra de los individuos.

¿Qué es lo más valioso que el Estado debe proteger? La libertad, la propiedad y la vida de sus individuos. Cuando lo logra, las comunidades prosperan, tal como lo hemos visto en los últimos 200 años en la mayor parte del mundo.

Los países que no lo logran sufren de inseguridad, corrupción, ineficacia gubernamental, estancamiento económico, economía de compadres, desigualdad extrema y abusos de poder.

En Latinoamérica nos hemos quedado muy cortos en la creación de un Estado moderno. La separación de poderes no es efectiva. Para empezar, no hay un poder judicial fuerte e independiente que haga frente a los abusos del poder, una condición sine qua non del mundo moderno. El legislativo, por su parte, se siente dueño de las leyes, no rinde cuentas, es poco pragmático y generalmente, se rinde ante el poder del presidente en turno.

La vida de los latinoamericanos no está protegida por sus gobiernos. La mayoría de las policías y fiscalías sucumben ante el plata y plomo del crimen organizado, sobretodo el del mercado negro de drogas. En este continente, con raras excepciones como Chile, Uruguay y Costa Rica, las tasas de homicidio son las más altas del mundo, la mayoría son ejecuciones de narcotráfico. En lugar de hacer lo sensato, regularlas, se insiste en una guerra en contra del propio estado de derecho.

La propiedad tampoco está protegida, no por comunismo sino por la herencia colonial. La Corona era la única que otorgaba extensiones de tierra y no en propiedad, sino en concesión. Además de no estar plenamente reconocida la propiedad, se le sujeta a un exceso de regulaciones gubernamentales con supuestos fines de interés público que restringen aún más sus derechos.

En esta concepción pre-moderna, la riqueza no la crean los individuos, sino que la reparte el Estado a sus súbditos. La riqueza se ubica en el gobierno, en el gasto público, en los favores gubernamentales, en los recursos naturales.

El resto de las libertades corren la misma suerte, ya que el gobierno es demasiado poderoso y la comunidad no es contrapeso. Quizá porque en lugar de que sus habitantes buscaran libertad desde el origen, buscaron la protección de privilegios. Hoy se sigue buscando el favor del Estado por una parte y creyendo que los indígenas y los pobres son menores de edad, incapaces e inmorales, a quienes hay que guiar y controlar para que no se desvíen del camino espiritual y político correcto.

Los funcionarios y políticos no son considerados como empleados, sujetos a leyes y vigilancia permanente, sino como mandamases, como privilegiados con poder divino, disfrazado de poder electoral, para entrometerse en los derechos y restringir las libertades fundamentales de los individuos.

La sociedad, en síntesis, existe gracias al gobierno y no al revés. Esto tampoco es comunismo, sino producto de su herencia católica colonial. Al político no se le exige, se le suplica; no se le contradice, se le sugiere; y no se le depone y castiga, se le teme. Hay que rezar, no por la sociedad, no por los individuos, sino por los políticos; para que les vaya bien, para que estén de buen humor y sean sensatos. Si el autócrata es devoto, se le perdona todo.

Todos estos errores latinoamericanos han evitado que sus países se desarrollen. No son errores en la aplicación de los conceptos, son errores de concepto. Las ideas equivocadas de los latinoamericanos sobre el Estado son el gran obstáculo para su desarrollo económico y político.

Los populistas lo saben y se aprovechan de ello para su beneficio personal. El populismo siempre es teocrático, pero ahora, el poder emana del nuevo dios; de ese dios caprichoso, voluble e indefinido llamado el pueblo, quien sólo le habla al oído del líder.

El populismo moderno se manifiesta en gran parte de las democracias del mundo, pero en Latinoamérica es mucho más poderoso porque no tenemos ideas claras sobre el Estado ni instituciones democráticas eficaces.



  • Ver original en Alto Nivel
  • Publicado el martes septiembre 8, 2020


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