Reportar sostenibilidad no basta: así se gestiona el riesgo – deGerencia.com

Reportar sostenibilidad no basta: así se gestiona el riesgo

Según datos de la OCDE citados por Harvard Business Review, empresas que representan el 91% de la capitalización bursátil mundial cotizada ya publican algún tipo de información de sostenibilidad. El dato parecería indicar que el problema de la transparencia ambiental y social está resuelto. Sin embargo, un artículo publicado el 9 de octubre de 2026 por los profesores Christos Cabolis y Karl Schmedders, del instituto suizo IMD, advierte que casi todas esas empresas reportan y muy pocas están realmente preparadas para el riesgo que dicen monitorear. La diferencia entre informar y estar preparado es, para cualquier gerente, la diferencia entre cumplir un trámite y proteger la empresa.

Lo esencial

  • Reportar sostenibilidad y gestionar el riesgo de sostenibilidad no son lo mismo: la mayoría de las empresas hace lo primero y muy pocas lo segundo.
  • Cinco prácticas separan a quienes convierten el reporte en capacidad real: usar escenarios para decidir, mapear riesgos a fallas operativas concretas, incorporar un precio del carbono en las finanzas, atar incentivos a resultados medibles y sostener una gobernanza responsable.
  • No hace falta un departamento de sostenibilidad para empezar: una pyme puede aplicar la lógica de la gestión de riesgos con el mismo comité que ya revisa el presupuesto.

¿Qué significa estar preparado en sostenibilidad y por qué no es lo mismo que reportar?

Estar preparado en sostenibilidad significa que la información ambiental, social y de gobernanza que una empresa recopila cambia decisiones reales de estrategia, inversión y operación, y no solo alimenta un informe anual. Reportar, en cambio, consiste en divulgar esa información para cumplir con un regulador, una bolsa de valores o la expectativa de inversionistas y clientes. Cabolis y Schmedders distinguen, en su artículo en Harvard Business Review, entre lo que llaman “estrategas de superficie” —compañías que reportan para comunicar y quedar bien ante el mercado— y “adaptadores líderes”, que usan exactamente la misma información para decidir qué fábrica reforzar, qué proveedor sustituir o qué línea de producto reconvertir antes de que el riesgo se materialice. La diferencia no está en cuánto se publica, sino en qué pasa después de publicarlo.

¿Por qué tantas empresas quedan expuestas a pesar de reportar?

El reporte de sostenibilidad se volvió, en la última década, una función casi administrativa: un equipo de comunicaciones o de cumplimiento recopila indicadores, los compara con un estándar (GRI, SASB, las normas ISSB) y publica un documento una vez al año. Ese ejercicio es valioso para la transparencia, pero no exige que la empresa se pregunte qué pasaría si un proveedor clave quedara inoperante por una inundación, si una norma de contenido de carbono encareciera sus exportaciones o si un evento climático extremo detuviera una planta durante semanas. Esa pregunta —el ejercicio de “qué pasaría si”— es precisamente lo que separa el cumplimiento de la preparación.

El patrón se repite con variaciones menores en casi cualquier sector. Una empresa manufacturera puede reportar con precisión sus emisiones de alcance 1 y 2 durante tres años consecutivos y, al mismo tiempo, no tener idea de qué proporción de sus insumos críticos proviene de una sola región expuesta a sequías recurrentes. El informe de sostenibilidad queda impecable; la cadena de suministro, expuesta. Lo mismo ocurre con empresas de servicios financieros que publican su huella de carbono corporativa pero no exigen a sus principales clientes corporativos ningún dato equivalente, dejando sin medir el riesgo que en realidad concentran en su cartera de crédito o de seguros.

El contexto político no ayuda a que las empresas den ese salto. Dos días antes del artículo de Cabolis y Schmedders, la profesora Tensie Whelan, de la Universidad de Nueva York, publicó en HBR un argumento relacionado: aunque la sostenibilidad perdió apoyo político en varios gobiernos durante 2025 y 2026, el caso de negocio detrás de ella sigue intacto. La eficiencia en el uso de materiales, la reducción de desperdicio, el abastecimiento más resiliente y el cuidado del talento siguen recortando costos y riesgo operativo, estén o no de moda en el discurso público. El riesgo de que una empresa confunda “menos presión política” con “menos riesgo real” es, hoy, uno de los más caros que puede cometer un gerente.

Las cinco prácticas de los adaptadores líderes

Según el análisis de IMD recogido por Cabolis y Schmedders, estas son las cinco prácticas que distinguen a las empresas que convierten el reporte en gestión real del riesgo:

1. Usar escenarios para cambiar la estrategia, no solo para describirla. Las empresas preparadas construyen dos o tres escenarios climáticos y regulatorios plausibles —por ejemplo, un alza sostenida del precio de la energía o una restricción de agua en una región productora— y revisan con ellos decisiones concretas de inversión, no solo el párrafo de riesgos del informe anual. Este mismo ejercicio de planificación por escenarios es el que sostiene buena parte de las decisiones de cierre de año que tratamos en nuestra guía de fin de año: el método es el mismo, cambia la variable que se pone a prueba.

2. Mapear los riesgos a puntos operativos concretos. En lugar de hablar de “riesgo climático” en abstracto, las empresas preparadas identifican qué planta, qué ruta logística o qué proveedor específico fallaría primero bajo cada escenario. Esa traducción —de categoría genérica a punto de falla concreto— es la que permite decidir dónde invertir primero en resiliencia.

3. Incorporar un precio interno del carbono en las decisiones financieras. De acuerdo con un análisis de McKinsey, alrededor del 23% de una muestra de 2.600 empresas ya aplica un cargo interno por cada tonelada de carbono emitida al evaluar inversiones, y otro 22% planea hacerlo en los próximos dos años. El mecanismo es simple: antes de aprobar un proyecto, se le resta a la rentabilidad esperada el costo que tendría ese carbono si existiera un precio real sobre él. Algunas firmas de servicios financieros en Estados Unidos ya lo usan para priorizar inversiones de bajo carbono y alto retorno; nada impide que una empresa mediana en México o Colombia aplique la misma lógica a escala de proyecto.

4. Atar los incentivos a resultados medibles, no a la publicación del informe. Si la compensación de un gerente de planta o de un director regional depende de si el reporte de sostenibilidad salió a tiempo, el incentivo está mal diseñado. Debería depender de si se redujo el consumo de agua en la planta, si se diversificó un proveedor crítico o si se recortó el desperdicio en la línea de producción: resultados operativos verificables.

5. Sostener una gobernanza responsable sobre el tema. Esto implica que la junta directiva o el comité ejecutivo revise el riesgo de sostenibilidad con la misma frecuencia y el mismo rigor con que revisa el riesgo financiero o el de tipo de cambio, y no una vez al año cuando se aprueba el informe.

¿Cómo se ve esto en la práctica en distintos países?

La gestión del riesgo climático y de sostenibilidad ya tiene ejemplos concretos en la región. En México, la CEPAL y el Banco de México desarrollaron conjuntamente una prueba de estrés climático que ya se aplicó a diez instituciones financieras del país, un piloto que obliga a los bancos a estimar cómo un evento climático afectaría su cartera de crédito, exactamente el tipo de ejercicio de escenarios que describen Cabolis y Schmedders a escala de empresa individual. En Chile y Perú, exportadores agrícolas y mineros enfrentan cada vez más cláusulas de sus compradores europeos y estadounidenses que exigen trazabilidad de huella de carbono antes de firmar un contrato, lo que convierte el mapeo de riesgo en un requisito comercial y no solo reputacional. En España, el deber de diligencia debida en sostenibilidad que avanza en la Unión Europea está empujando a las empresas medianas que exportan al continente a revisar a sus proveedores de primer y segundo nivel, no solo su propia operación. Y entre las empresas hispanas en Estados Unidos que participan en cadenas de suministro globales, la exigencia de documentar el origen y las condiciones de producción —el mismo tipo de verificación que exploramos al hablar de trabajo forzoso en la cadena de suministro— ya no es opcional para seguir vendiéndole a ciertos clientes corporativos.

En Centroamérica y en los países andinos, buena parte de la presión llega por la vía del seguro y del crédito: aseguradoras y bancos de desarrollo empiezan a diferenciar tasas y coberturas según la exposición climática documentada de cada cliente corporativo, lo que convierte el mapeo de riesgo descrito antes en un ejercicio con efecto directo sobre el costo de financiamiento, no solo sobre la reputación. Para una empresa mediana que exporta café, flores o textiles, entender su propio punto de falla —una cosecha, una planta, un puerto— deja de ser un ejercicio de relaciones públicas y se convierte en una condición para conseguir crédito en términos razonables.

¿Cómo empezar sin un departamento de sostenibilidad dedicado?

La mayoría de las pymes de la región no tiene, ni necesita de entrada, un área dedicada a sostenibilidad. Lo que sí puede hacer, con el mismo comité que ya revisa el presupuesto y los riesgos financieros, es incorporar tres preguntas a su ejercicio habitual de planificación:

  • ¿Qué proveedor, insumo o ruta logística concreta se vería más afectado por un evento climático extremo o por un cambio regulatorio ambiental en los próximos dos años?
  • ¿Qué pasaría con nuestro costo y nuestra rentabilidad si tuviéramos que pagar, aunque fuera de forma interna y simbólica, por cada tonelada de carbono que emitimos o que emite nuestra cadena de proveedores?
  • ¿Qué indicador operativo —no de publicación— usaríamos para saber si de verdad estamos gestionando ese riesgo, y quién es responsable de moverlo?

Ninguna de las tres preguntas exige un sistema nuevo de reporte ni una certificación internacional. Exige, eso sí, tratar la sostenibilidad como un tema de gobierno corporativo y de gestión de riesgos, y no como un documento que se produce una vez al año para quedar bien con el mercado.

La conclusión que importa

El dato más incómodo del artículo de Cabolis y Schmedders no es que falte información de sostenibilidad en el mundo corporativo —esa información, en gran medida, ya existe—. Es que la mayoría de las empresas que la produce no la usa para decidir nada distinto de lo que habría decidido sin ella. Para un gerente de cualquier país de la región, la pregunta que vale la pena llevar a la próxima reunión de junta no es si la empresa ya reporta sostenibilidad, sino qué decisión concreta de los últimos doce meses habría sido distinta si ese reporte se hubiera tomado en serio como una herramienta de gestión del riesgo.

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